MOLINASECA EN EL CAMINO

EL BIERZO DEL CAMINO

Por Miguel José García González

Publicado en el Número 18 de la revista Osmundo que edita la Asociación del Amigos del Camino de Santiago de El Bierzo.

ASTORGA
MOLINASECA

Desde tierras de Maragatería y Astorga (800 metros sobre el nivel del mar), el camino asciende suavemente las rampas de los Montes de León para, por Murias de Rechivaldo, Santa Catalina de Somoza, El Ganso y Rabanal del Camino, cruzar su cima por Foncebadón y la Cruz de Ferro (1.500 metros). Estos dos últimos lugares son tierras pobres, solitarias, inhóspitas y peligrosas; tierras de lobos, nieves y bandidos. Desde lejanos tiempos, los viajeros depositan su piedra en aquel «monte de Mercurio» cristianizado, el antiguo milladoiro en cuya cima hay clavado un alto poste de madera con una cruz de hierro, que sirve como señal del Camino, cuando las nieves del invierno lo ocultan a la vista de los caminantes.
En Foncebadón, en los años finales del siglo XI, un ermitaño de nombre Gaucelmo construyó una alberguería para refugio de peregrinos, al que reyes, fieles y obispos astorganos concedieron privilegios y donaciones para sostenerla. Los documentos, la denominan alberguería de San Salvador de Irago simplemente de Irago, también Hospital de Foncebadón o
de Yrago. Por decisión de su fundador pasó poco después a la catedral de Astorga, que la mantuvo abierta hasta la Edad Moderna. Después de muchos años de abandono, hoy Foncebadón es un pueblo en proceso de recuperación. Destaca, entre otros albergues, el Parroquial, conocido como «Domus Dei», y que es heredero del fundado por el ermitaño Gaucelmo.
Muy próxima se encuentra la Cruz de Ferro, a cuya vera se construyó en 1982 una
pequeña ermita muy concurrida en la fiesta de Santiago, organizada por el Centro Galicia de Ponferrada. A unos 50 metros, a la izquierda del Camino, el peregrino podrá saciar su sed con las frescas aguas de la Fuente de la Cruz de Ferro. Desde Foncebadón, el camino desciende al Bierzo por Manjarín, que antiguamente había contado con un hospital de peregrinos, en medio de sus casas desvencijadas y la escuela convertida en refugio de ambientación medieval, con un crucero de madera que señala la dirección de El Acebo, a 1.200 metros de altitud y con una fuente a la salida del pueblo.

En el Acebo, el Camino pasa por la calle Real, con sus típicas casas serranas de corredores. Las menciones a este pueblo son tardías, aunque su iglesia de San Miguel, con espadaña tardorrománica, nos indica que su origen puede remontarse a los siglos XII o XIII y de esta misma época es una imagen del apóstol Santiago, que se encuentra en su interior. Sa-bemos por un privilegio de los Reyes Católicos de1489, «que el concejo de El Acebo ha fecho agora un hospital», y que los reyes eximen a los vecino de pechos y tributos a cambio de colocar 800 palos o esta- cas, que jalonen el camino durante el invierno. El hospital se mantuvo en la Edad Moderna, pues el Catastro de Ensenada dice que, «ai un
hospital para amparo de pasajeros
y peregrinos que no tiene más renta que lo que suple el concejo», el cual pagaba cada año 400 reales» en la asistencia
y manutención del hospital de este lugar». Hoy cuenta hoy con varios albergues, entre
los que destaca con derecho propio, el parroquial llamado «Apóstol Santiago». Próximo
al cementerio se ha erigido un sencillo y evocador monumento al peregrino alemán
Henrich Krause, que falleció en este mismo lugar como consecuencia de un accidente
sufrido en el año 1978. A su paso por este entrañable lugar, el peregrino se encuentra
con cuatro fuentes con las que saciar su sed: la de la Trucha, la de la calle Real, la
de la Plaza y la de la Iglesia, esta última ya a la salida del pueblo, camino de Riego de
Ambrós. Al final de la Calle Real, una carretera que sale a su izquierda conduce a la
herrería de Compludo, del siglo XIX pero testigo de la importante protoindustria
ferrera del Bierzo en pasados siglos, declarada BIC en 1968; y al valle de este nombre, en
el que San Fructuoso, hijo de un dux visigodo y natural del Bierzo, construyó en el
siglo VII el primero de sus monasterios, el Complutense, para el que redactaría una regla de gran rigor ascético y disciplinario. Hay aquí una iglesia dedicada a los Santos Justo y Pastor, construida en el primer tercio del siglo XVI, que conserva de esta época los muros perimetrales y la bóveda de terceletes del presbiterio. En su interior destaca su retablo, de tres calles y tres cuerpos, finalizado en 1533, formado por seis pinturas que se deben a la mano del pintor vallisoletano Antonio  Vázquez, próximo a Juan de Borgoña, y restaurado en 1994. Al segundo de los monasterios fructuosianos, el de Rupiana, reconstruido en el siglo IX por San Genadio con el nombre de San Pedro de Montes, se accede siguiendo una vieja ruta que desde el Acebo, por las Puentes de Malpaso sobre el río Miruelo, nos lleva primero a los Barrios de Salas (Salas, Villar y Lombillo), luego a Valdefrancos y de allí al Valle del Silencio; y también a San Esteban de Valdueza, donde continuaba el Camino antiguamente (como lo demuestra el hospital de peregrinos que, hasta el s. XVIII, existía
en esa villa), siguiendo por la ladera norte de los montes Aquilianos hasta encontrar el río Sil en el extremo de la hoya, lo que hoy conocemos como el Camino de Invierno.

Los tres lugares de Salas, Villar y Lombillo nos ofrecen, en parte, los mejores ejemplos
de la arquitectura religiosa y civil del Bierzo en la época moderna, sobresaliendo sus iglesias del siglo XVI: San Martín de Salas y la capilla de la Visitación; el santuario del
Santo Cristo de Villar del siglo XVII; y Santa Colomba, del siglo XVIII; y, junto a este rico
patrimonio, el conjunto de interesantes retablos de San Martín, la Visitación y Santa Columba, en los que intervinieron notables y excelentes artistas locales y castellanos
de los siglos XV Y XVI, como Juan de Borgoña, el Joven. Los tres retablos del siglo XVI, de una gran calidad y considerados entre los de mayor interés artístico de toda la diócesis. y
sus casonas barrocas, de rancio sabor nobiliario, con las armas heráldicas de destacados
linajes locales: los Capelo, Valcaree, de la Carrera, Osario … En este encantador y solitario valle, los peregrinos podían encontrar refugio y albergue en alguno de sus monasterios, especialmente en los de Santiago de Peñalba, del que aún se conserva su espléndida iglesia mozárabe construida por el abad Salomón en el año 937, de elegantes arcos de herradura, también declarada BIC en 1931, y la Cueva de San Genadio; o en el de San Pedro de Montes, cenobio benedictino que fue un importante centro religioso y cultural desde el siglo IX, con su iglesia del siglo XVIII y sus patios y claustros ya desvencijados. Desde el año 2000 en que el arquitecto Eloy Algorri realizó el Plan Director del monasterio de San Pedro de Montes, solamente se ha conseguido recuperar la cabecera absidial, las cuatro fachadas y la cubierta del templo; pero esperemos que, poco a poco, se logre la ansiada rehabilitación de uno de los edificios religiosos más emblemáticos  del noroeste, no en vano allí se fundó una de las primeras reglas monásticas. Lo que, por desgracia, aún no se ha recuperado es uno de los relieves del s. X del conjunto epigráfico instalado en la ermita de Santa Cruz de Montes robado en marzo de 2007, poco antes de la inauguración de la XIV edición de Las Edades del Hombre, Yo Camino, en Ponferrada.

Este camino secundario nos ha alejado de la ruta principal, pero fue frecuente hacerla así, no sólo por buscar albergue, sino para visitar las reliquias sagradas de estos monasterios. La ruta principal continuaba desde el Acebo por Riego de Ambrós, lugar que en el año 1169 con-cede el rey Fernando 11, con el hospital de San Juan de Irago, a la iglesia de Astorga. El Catastro de Ensenada menciona que hay «un hospital con dos
camas para todo género de enfermos y pobres peregrinos con la renta anual de diez reales»,
más otros cien que le da el concejo «para poder mantenerse dicho hospital con sus camas y además dan los vezinos de este lugar la limosna posible para el refugio de los mencionados pobres». Hoy es un pueblo renovado, con casas rurales acogedoras. Su iglesia parroquial, bajo la advocación de Santa María Magdalena, su ermita de los Santos Mártires, San Fabián y San Sebastián y sus fuentes de la Magdalena, del Medio, de San Sebastián y de la Fuente.

Desde Riego el Camino desciende por empinadas cuestas hasta alcanzar Molinaseca, en cuya entrada se yergue el santuario de las Angustias, del siglo XVIII pero muy restaurado en el siglo XX. Los peregrinos, en recuerdo de su devoción, arrancaban astillas de su puerta hasta que, para evitar su destrucción, se la blindó con una chapa metálica. Al poco de dejar el santuario, el peregrino se encuentra con un bellísimo puente de piedra de origen medieval sobre las frías aguas del río Miruelo, que se ofrece tentador, como si de un oasis se trataran, para los peregrinos en el verano sofocados en la imponente bajada desde la Cruz de Ferro. Y el puente nos introduce de lleno en la Calle Real o de peregrinos, calle que guarda todo el aroma de esas viejas rúas medievales, con casas de buena traza, muchas de ellas blasonadas como la casona de los Balboa o la casa-palacio de los Canga Pambley. La villa existía ya en el siglo XII, y sobre ella ejercían el señorío jurisdiccional el obispo de Astorga y los monasterios de Carrizo y Sandoval. Este último permutaría más tarde su derecho con el de Carracedo, monasterio cisterciense como los anteriores.

Molinaseca fue una villa eminentemente jacobea, con un «vico francorum» entorno
a la iglesia de San Nicolás, con sus pobladores francos y judíos, con varios hospitales: «Casa de los malatos» (1203), San Lázaro (1214), y el hospital de «Casa de Molina» (1188). Este último debió desaparecer al final de la Edad Media, siendo reemplazado por uno nuevo construido por el obispo de Astorga, don Sancho Acebes, en 1512. Según el Catastro de la Ensenada tenía 296,80 m? de superficie, era por tanto grande y seguramente con

 

varias salas y dependencias, aunque de mala fábrica, y cortas rentas, que sirbe de re-
cog
er de noche a los pobres que caminan a quienes por una vez comunica el tasado alimento de sopas y un huevo». Al final del pueblo hay bellísimo crucero de piedra y, además de una hostería privada, poco después, en lo que fue ermita de San Roque, se sitúa el albergue de peregrinos. De los muchos edificios religiosos que tuvo en épocas pasadas,
solamente conserva la iglesia de San Nicolás, que se levanta sobre un pequeño teso desde el que domina todo el caserío. Aunque su fábrica es antigua, se reedifica en su totalidad en el último tercio del siglo XVII. Presenta tres naves cubiertas con bóvedas de arista, excepto la de la capilla mayor que es de media naranja. En el retablo barroco del altar mayor, se encuentra un Cristo gótico, de la primera mitad del siglo XlV, de talla de madera policroma da, que, además de destacar por la calidad y elegancia de su ejecución, sobresale por el
hecho curioso de cruzar su pierna izquierda sobre la derecha, al contrario de los tipos de esta época.

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